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domingo, 18 de enero de 2015

Omar Khayyam.



Breve  Comentario

La historia  no nos ofrece casi nada definitivamente cierto acerca de Omar. Créese que era el astrónomo de la corte durante el reinado de Malikshah, y se tiene el convencimiento de que llegó a escribir la mayor parte de las cuartetas que se le atribuyen; se conocen su obra sobre el álgebra, su comentario sobre Euclides, sus investigaciones en las intrincadas profundidades de las matemáticas y de la astronomía, y su creación de un nuevo calendario. Tenía su Casa de las Estrellas en Korasán. Al parecer, Malikshah le estimaba gandemente, mientras que, en cambio, Gazali disputaba con él. Su sepulcro está en Nisapur. Tuvo su comienzo de adlolescencia en el año antes  de 1125...


Los eruditos orientales y los mismos persas afirman - a pesar de los diferentes cultos y de las escuelas en la actualidad- que la poesís de Omar es la expresión de su propia vida de su experiencia escrito de vez en cuando. Por lo tanto no estaba, como se dice hoy en día, a la publicación.

Cuando se conoce y se puede leer el persa, se cae en la cuenta que tal convicción es la misma realidad. Cuando Omar habla del vino, habla del vino verdadero, no se pone a utilizar las arcanas alegorías de los místicos y de los sufis del momento. Cuando habla de una muchacha, es una joven de carne y hueso y sangre.
Al mismo tiempo, es la suya una investigación poderosa que trabaja sobre los objetos de la realidad. Cuando Omar examina una copa, piensa que el que la hizo no la arrojaría para hacerla añicos contra el suelo- sin embargo de lo cual, los cuerpos humanos quedan maltrechos o en plena decadencia por obra del destino inevitable. Escancia vino de un cántaro y se pregunta si acaso fue en su tiempo  un amante que suspiró como él, sus labios junto a los labios de  la amada, sus brazos en torno al cuello de ella...
Omar se lamenta por la juventud que le abandona; y grita al copero que se dé prisa en traerle vino porque la noche se apresura con su orgía; llora por sus amigos que le han dejado solitario, en el festín de la vida. Parece anticiparse al estribillo de Villon, que dice: "Or beuvez fort, tant que rupeut courir". Mas Villon pudo escribir su propio epitafio, como un hombre colgado balanceándose en el viento, con una súplica de liberación al Pimer Jhesus, qui sur tous a maistrie, mientras que Omar ha de limitarse a preguntar y preguntar y preguntar siempre a Dios.
Ese su grito de agonía se escucha en casi todas sus cuartetas. La luna, que tanto amaba, saldrá y se pondrá cuando él no esté aquí para poder verla; las flores que se abrirán a la orilla del arroyo -sobre las cuales no debe pisar porque allí podría haber una mano enterrada; el cuerpo de la amada, no es ya más que la tierra de que las flores nacen; sus compañeros le han abandonado..., y ya nunca volverán.


A pesar de las versiones de los pocos traductores, Omar no implora el perdón, ni formula acusación ninguna. Se pregunta porqué el vino ha de ser un pecado cuando el vino proporciona el olvido. A veces flagela con sorna a los tranquilizadores que no ofrecen más filtros que el vino que trueca el dolor en la nada. Y ¿qué otra cosa podría aliviar tal agonía?

Tan persistente resulta esa nota del dolor que es posible seguirla de cuarteta, pero, al hacerlo, se acaba por sentirse obsesionado por él. No hay consuelo alguno. Y se desea verse despojado de él para poder dar algún respiro a la agonía del espíritu que lucha.
Mas no hay respiro alguno. Y el lector siente que el hombre está muriendo ante sus ojos, y que además lo sabe. "No blasfemes del vino, tan sólo es amargo porque es la vida"






Harold Lamb



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